Érase
una vez un príncipe al que le gustaba mucho ir a caminar por el bosque, le
gustaba ver a los animalitos, escuchar el canto de los pájaros y oler las
maravillosas flores del campo.
Leo,
que así se llamaba el príncipe, estaba enamorado de una preciosa joven que
vivía en el pueblo, Carla.
Carla
vivía en una casita muy, muy pequeña a
las faldas del Castillo Real.
Carla y
Leo se conocieron un día en el bosque, ya que a ambos les encantaba pasear por
él. Desde el primer día que sus miradas se cruzaron supieron que estaban hechos
el uno para el otro, pero había un gran problema que les impedía estar juntos
para siempre, y es que el príncipe Leo no podía estar con una mujer que no
perteneciese a la realeza. Por este motivo, los enamorados acudían, todos los días a la misma hora, a un lugar
escondido en el bosque.
Un día, ocurrió
lo que ellos más se temían, la madrastra de Leo se enteró de lo que ocurría
entre los dos jóvenes y decidió castigar a su hijastro.
El Rey
no estaba muy convencido del castigo que su mujer quería poner a Leo, pero como
las leyes prohibían ese tipo de romances decidió seguirlo y mandó a su hijo,
por un tiempo, al reino vecino. Leo
debía vivir con su tío hasta que fuese casado con una princesa.
La
madrastra no quería a Leo y pensaba que si a este le ocurría cualquier
accidente por el camino que llevaba al otro reino, tal vez, su propio hijo
heredaría la corona. La madrastra encargó la muerte del príncipe, tramó un
horroroso plan con su mejor aliado, éste tenía que secuestrar al príncipe y
llevarlo a un lugar muy escondido del bosque para después acabar con su vida.
Leo
estaba muy apenado, ya que ni siquiera había podido despedirse de Carla. Con
lágrimas en los ojos se despidió de su padre y se alejó en el carromato Real camino del otro reino.
Carla,
como todos los días acudía muy feliz a su cita con Leo, cuando de pronto
escuchó unos murmullos y se escondió detrás de unos arbustos. Era el aliado de
la madrastra y uno de sus hombres, estaban comentando el plan, el aliado les
dio instrucciones a sus hombres para que secuestrasen a Leo, diciéndole el
lugar dónde debían llevarlo y contándole los planes de la madrastra.
Carla
no sabía qué hacer, ella sola no podía luchar con tantos hombres armados, pero
no podía dejar que le ocurriese nada malo a su amado. Sigilosamente fue tras
los malvados hombres. De pronto se escuchó el sonido de la carroza cada vez más
cerca, y los aliados de la Reina cumplieron con el plan, secuestrando a Leo.
Carla muy nerviosa y triste seguía tras ellos, hasta que llegaron al lugar
secreto donde debían encerrar al príncipe. Carla pensaba y pensaba -¿Qué podía hacer?
Nada se le ocurría, cuando de pronto un olor a comida llegó hasta ella y ¡chas!
¡Lo tenía!, los hombres estaban haciendo su comida, Carla buscó a su alrededor
unas setas que ella conocía por venenosas, una pizca de esas setas dormía por
completo y durante mucho tiempo a cualquier persona. Las vio a lo lejos, y con
mucho cuidado para no hacer ruido se acercó y cogió dos. En un descuido de los malvados
hombres, Carla se acercó a la olla y las echó, tuvo que esperar un ratito para
que las setas les hiciesen el efecto deseado. Al poco los hombres cayeron al suelo, ¡Plof!, y Carla corrió para salvar a
Leo.
Los dos
corrieron y corrieron hasta llegar al castillo, donde se encontraron con el Rey
y le contaron todo lo sucedido. El Rey puso un merecido castigo a la madrastra
y a sus aliados, pasarían toda la vida en los calabozos del castillo.
El Rey
comprendió entonces que Carla era la mujer más adecuada para su hijo, él la
quería y ella a él también, por lo que dio permiso a su hijo para que eligiese
a la mujer que él quisiera.
Carla y
Leo pasaron toda su vida juntos, fueron felices y comieron perdices.
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